Quiero comenzar por agradecer a CANIEM, a CONACULTA, a mi empresa, Grupo Santillana, a toda la gente que ha hecho posible la extraordinaria experiencia de participar en la BECA JUAN GRIJALBO – CONACULTA, especialmente a nuestros coordinadores y maestros, y por supuesto, a mis compañeros por su amistad y su generoso voto de confianza para representarlos en esta ceremonia. Gracias, en verdad, a todos y cada uno de ustedes.
Mi reflexión de esta tarde es muy breve pero se encuentra directamente relacionada a la experiencia que recién compartimos en Cocoyoc y que se desborda hacia nuestra labor cotidiana y que tiene que ver con dos preguntas fundamentales: ¿Que hace que sea tan pertinente, tan maravillosa una beca como la Beca Juan Grijalbo-CONACULTA? ¿Qué hace que sea tan pertinente, tan maravillosa nuestra labor profesional como editores?
Busco algún rumbo en las palabras de Rudolf Steiner, el famoso filósofo austriaco, quien estableció lo siguiente sobre las grandes obras de arte –los grandes textos literarios, incluidos: “Las grandes obras de arte nos atraviesan como grandes ráfagas que abren las puertas de la percepción y arremeten contra la arquitectura de nuestras creencias con sus poderes transformadores. Tratamos de registrar sus embates y de adaptar la casa sacudida al nuevo orden. Cierto primario instinto de comunión nos impele a transmitir a otros la calidad y la fuerza de nuestra experiencia y desearíamos convencerlos de que se abrieran a ella.”
Mi respuesta a la primera pregunta sería entonces que la Beca Juan Grijalbo-CONACULTA es extraordinaria porque reúne a un grupo de profesionales que comparten un instinto primario de comunión y lo hace para que estos profesionales puedan hacer una pausa en su quehacer cotidiano y puedan dedicar un momento a reflexionar sobre esas grandes ráfagas que los –que nos- conmocionan permanentemente.
A nosotros, los editores –y todos en la industria lo somos, desde nuestros distintos bastiones- algo nos impele a compartir con los demás aquello que nos interesa, que nos toca, que nos transforma. Sí, hay que decirlo, tenemos una naturaleza generosa, y eso en este mundo no es ni poco, ni fácil. Y hay que celebrarlo.
De hecho, durante la Beca misma vimos lo difícil que resulta definir la labor del editor, aparte de la interesante e inquietante imagen de partera –por la que nos condujo el queridísimo José Luis Trueba- yo me atrevo aquí a compartir mi propia visión del editor contemporáneo, a manera de provocación, como forma de continuar con el cuestionamiento:
Un editor (actual), propongo, es alguien que:
· se maravilla del mundo en el que vive
· busca, identifica y goza de los #wows que se presentan a su paso (pienso en contenidos, pero uso el hashtag y el anglicismo como indicador de nuevas posibilidades)
· da sentido, da forma y comparte estos #wows -reinterpretados-con el mundo
· lo hace desde distintas plataformas, a través de distintos lenguajes y con un entendimiento profundo de lo estético, lo sensible y lo mercantil
· no olvida la palabra escrita como fuente inagotable de encuentro y diálogo
Y es que, hay que considerar que cada vez somos más editores de contenidos que de libros, como tales. Y lo anterior no es nada para asustarse, porque seguimos y seguiremos lidiando con narrativas extraordinarias, con libros maravillosos, con versiones electrónicas o audio-visuales posibilitadoras. Porque es un hecho que nacemos, vivimos, contándonos historias. Porque no somos lo que somos, sino que somos la historia que nos contamos de quiénes somos. Y también porque tenemos la necesidad de escuchar lo que dicen los demás. Queremos siempre, siempre, escuchar el cuento. La mejor versión de ese cuento, del sin número de cuentos, en el sin número de lenguajes en que se nos cuenta. Ah, las posibilidades que se nos presentan.
Y así, nuestra labor es dar un poco de orden al caos que reina allá afuera, y de lograr entender algo al respecto, de compartir lo maravilloso, ese #wow del que hablábamos. Y eso, por supuesto, tampoco es cosa fácil, ni poca cosa. Pero también es gozoso. Y es un gran reto.
Porque la lectura no es un placer sencillo. A los lectores los seducen todo tipo de estímulos, mucho más gratuitos, menos demandantes. Y tenemos que luchar con ciertos retos fundamentales de tiempo, de espacio, de empatía, de formato. Aquí podría extenderme pero creo que está claro que los desafíos y retos inmediatos para el libro y la industria editorial no se basan solo en el desarrollo de nuevas tecnologías y en la creación o fortalecimiento de estructuras digitales, sino en la búsqueda de la convivencia entre los mundos antiguo y emergente, en conciliar las demandas del mercado y la apuesta por contenidos atemporales, fundamentales, por entablar una verdadera conversación con los lectores, por encontrar los mejores canales de comunicación y distribución de estos contenidos, por acercarlos al lector desde distintas trincheras, por encontrar los temas significativos, los mejores lenguajes , las nuevas historias, las reales, las ficticias, las que nos permiten comprender la realidad, las que se esconden más allá del papel…









